10 mar. 2011

La eutanasia y el suicidio como derecho inalienable del ser humano


En la sociedad actual se tiende a hablar en general sobre la eutanasia en términos éticos, morales, religiosos y sobre todo médicos, pero en este caso, voy a tratar de hacerlo sobre todo desde un punto de visto ético, justo e igualitarista.

La palabra “eutanasia” derivada del griego eu (‘bueno’) y thanatos (‘muerte’), viene a ser la acción u omisión para evitar el sufrimiento de aquellas personas con enfermedades terminales, contando con el consentimiento de las mismas. “Buena muerte”, y es que para muchas personas que viven –teniendo en cuenta el concepto de la vida que podemos tener y el desarrollo de ésta para enfermos terminales- sin poder hacer o realizar la tarea más sencilla porque su enfermedad se lo impide, decidir morir dignamente es la decisión que para muchos tiene más sentido y legitimidad, en tanto y en cuanto el individuo debería de ser libre y soberano para decidir cuándo y cómo acaba con su vida, independientemente de las leyes y derechos que a éste se le impongan.

Deberíamos preguntarnos, y reflexionar sobre ello, si el egoísmo que reproducen sistemáticamente muchas personas hace algún bien a aquellas otras que ven limitadas sus facultades físicas o mentales. Las mismas que pese a expresar el deseo de morir, son obligadas a “vivir” porque el Código Penal así lo estipula, o porque el médico que le atiende se acoge a sus principios morales. Estamos ante un hecho despreciable, y es que un individuo se ve sometido a según qué leyes, su vida o su muerte depende de ésta o aquélla persona, profesional o no, y que su decisión está supeditada a la voluntad de otros, y no a la soberanía y autonomía personal.

El caso de Inmaculada Echevarría

Inmaculada Echevarría fue una mujer que dedicó sus últimos momentos a exigir y luchar por morir dignamente, a tener el derecho de poder decidir sobre su propio cuerpo. Inmaculada Echevarría sufría desde los once años una distrofia muscular progresiva. Llevaba nueve años conectada a un respirador artificial que la mantenía con vida, ésta misma declaraba públicamente: “mi vida no tiene más sentido que el dolor, la angustia de ver que amanece un nuevo día para sufrir, esperar que alguien escuche, entienda y acabe con mi agonía”. Inmaculada murió cinco meses después de comunicar al hospital en el que se encontraba su rechazo al ventilador artificial y su derecho a una muerte digna. Tras las presiones del Vaticano para que la desconexión del ventilador no se realizara en un hospital católico, fue trasladada a un hospital público donde finalmente moriría. Ésta mujer no fue la única, ni será la última que sufra esta situación desesperante, humillante y que se puede evitar si tomamos conciencia sobre la importancia de decidir sobre nuestros cuerpos, nuestra vida y nuestra muerte. Sobre la necesidad de anteponer nuestra dignidad y libertad individual, a aquellas leyes que se nos imponen per se sin siquiera consultar a quienes les afecta; esto es, si están a favor o en contra de la eutanasia. Apenas hay análisis, estudios, reflexiones o debates sobre esta cuestión. El sentido y derecho de la crítica brilla por su ausencia en la población (salvo honrosas excepciones) dando lugar a opiniones sin fundamento o basadas en informaciones o teorías subjetivas influenciadas por dogmas arcaicos y contrarios a la libre capacidad de determinación.

La eutanasia y el suicidio en otros Estados

En estados como Holanda o Bélgica, la ley permite a los profesionales sanitarios terminar con la vida del enfermo con el permiso y consentimiento de éste. La despenalización de esta práctica supone un progreso para la obtención de derechos como la eutanasia o el suicidio, en el caso médico del suicidio asistido. En el estado norteamericano de Oregón está permitido legalmente el suicidio asistido, por el contrario y de forma contradictoria, está penalizada la eutanasia. Caso extraño el de Suiza, donde es legal el suicidio asistido por un médico, como el auxilio al suicidio fuera de un contexto médico, pese a ello, la eutanasia está penalizada.

En cualquier caso, estos datos sobre la cuestión de la eutanasia o el suicidio en otros estados, muestran que ética y moralmente es posible realizar ambos derechos y llevarlos de la teoría a la praxis. En cuanto a la legitimidad de las leyes estatales que regulan el comportamiento y las acciones que deben tomar los profesionales sanitarios sobre los enfermos, aun siendo contrarias a las de los verdaderos afectados, se deberían cuestionar, no sólo desde el punto de vista médico, sino también desde el moral y/o ético. Por encima de la vida del individuo, no debería de haber más imposiciones que las del propio individuo, sean éstas “legales” o “ilegales” para el Sistema. En última instancia, a quien van a afectar es al propio individuo, tanto si decide morir o vivir.

La Iglesia Católica: su hipócrita moral y la justificación del sometimiento

El caso de la Iglesia Católica, con sede en El Vaticano, es particular. La postura de la misma y su jerarquía patriarcal es clara: sólo Dios puede dar o quitar la vida. Y como Dios no puede salir en los medios de comunicación para opinar sobre el asunto, ya lo hace la Iglesia Católica rechazando, catalogando como inmoral o criminalizando a aquellas personas que luchan por morir dignamente, incluso a cualquier persona que crea en su derecho a decidir sobre su vida y su muerte; cómo, cuándo y dónde quiera. El concepto de agresión o de asesinato que sostiene la propia Iglesia es digno de análisis, ya que la misma Iglesia Católica que aprueba moralmente la Pena de Muerte, rechaza el aborto, el uso de anticonceptivos o que mantiene en su nómina a curas pedófilos, se muestra irónicamente preocupada por la vida de las personas en los casos de eutanasia o suicidio. No es la Iglesia Católica la única excepción, también otras instituciones que dicen representar a las religiones o filosofías mayoritarias (Cristianismo, islam, judaísmo, budismo, hinduismo, etc...) rechazan de facto la cuestión de la eutanasia o el suicidio.

Creo firmemente que podemos y debemos transformar esta sociedad y los valores que algunos de sus más influyentes sectores representan, sobre todo porque determinan nuestra propia libertad y aquello que más valoramos: nuestra vida. Independientemente de la religión que cada uno practique o la ideología con la que nos identifiquemos, tenemos una gran responsabilidad no sólo con nosotros mismos, sino con nuestro futuro y el de las próximas generaciones. La dignidad de las personas no puede ser un privilegio, sino un derecho inherente al ser humano. Nadie debería estar por encima de nadie, porque a partir de ese mismo instante nos convertimos en súbditos e individuos que obedecen y no deciden, sin poseer nuestro propio cuerpo y dignidad, sin ser verdaderamente libres y capaces de decidir y actuar con justicia.

x Cristóbal G.V

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