11 feb. 2011

Contra el tópico: la liberación nacional desde una perpesctiva socialista

James Conolly, independentista y marxista irlandés

Es un lugar común en nuestro país escuchar gentes que calificándose de ser de izquierda asocian nacionalismo con conservadurismo, oponiéndolo al concepto de revolución social y sociedad socialista. El declararse abiertamente independentista andaluz y marxista propicia normalmente un torrente de preguntas en las que predominan las ideas preconcebidas y los tópicos ¿Quién no ha discutido con amig@s y compañer@s la relación existente entre estos conceptos?

Creemos que estos prejuicios se deben en primer término al españolismo del que ha hecho gala el PCE desde los años 30 del pasado siglo, identificando los nacionalismos de las naciones oprimidas en el estado español con caprichos pequeño-burgueses frente a “lo revolucionario” del marco estatal, heredero del expansionismo castellano-aragonés, a pesar de que en Andalucía, País Vasco o los Países Catalanes se estuvieran desarrollando desde principios de siglo XX movimientos nacionalistas de cariz marcadamente rupturista con las bases materiales sobre las que se asentaba el capitalismo en estas naciones sin estado.

Tampoco podemos desdeñar el papel de las burguesías estatales, primeras adalides y propagadoras del españolismo como ideología. Para ello ha utilizado la propia cultura popular andaluza, o algunos elementos distorsionados y adecuadamente manipulados de ella, como identificación de lo presuntamente (por ser inexistente) español. La prolongada hegemonía ideológica de las clases dominantes en el estado español, en Andalucía representada históricamente por la burguesía terrateniente heredera de la nobleza conquistadora del medievo, ha propiciado el contacto permanente durante los últimos doscientos años del Pueblo Trabajador Andaluz con el nacionalismo español y la asunción preponderante del españolismo como ideología dominante, a izquierda y derecha del espectro político.

Esta conjunción de hechos ha facilitado la identificación del concepto nacionalismo con el de conservadurismo. Pero ¿existen razones para hacer esta asociación de ideas en función de la teoría marxista?

LOS PROBLEMAS NACIONALES EN LOS PENSADORES MARXISTAS

"No luchamos para convertirnos en portugueses de piel negra. Combatimos para afirmarnos como mozambiqueños sin que esto signifique, sin embargo, desprecio hacia el pueblo portugués o hacia cualquier otro pueblo...” (Samora Machel, secretario general del Frente de Liberación de Mozambique)

Ya los propios Marx y Engels, se posicionaron de forma meridianamente clara a favor del derecho de autodeterminación de los pueblos, es decir, del derecho a decidir libremente separarse o no de una entidad estatal mayor. En este sentido, muchas veces se repite una cita descontextualizada del Manifiesto Comunista para avalar un pensamiento simplista y burdo sobre este asunto, o lo que es peor para cubrir posiciones de españolismo de izquierda y su relación con las clases populares: “...los obreros no tiene patria...”. Es cierto que Marx y Engels se expresan así en el Manifiesto Comunista, pero si seguimos leyendo unas líneas más del mismo párrafo encontraremos, refiriéndose los autores a la misma clase obrera, esto otro “... en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque en ninguna manera en el sentido burgués...”. Es decir, mientras las clases populares no tomen las riendas de su destino, no conquisten el poder político, la patria será un ideal al servicio de los intereses del estado burgués. Por ello l@s independentistas andaluces/zas consideramos el lema “Independencia y socialismo” como una proclama llena de sentido en el caso andaluz, para que el Pueblo Trabajador Andaluz conquiste la dirección de su tierra, y pueda construir una Andalucía en provecho de la mayoría.

La cuestión nacional en Marx y Engels estuvo fuertemente determinada por el papel del imperio zarista como gendarme de la reacción en Europa, y la necesidad de derrotar al imperialismo ruso como requisito imprescindible para la revolución democrática en la Europa del siglo XIX. En un debate del Consejo General de la AIT, Marx ridiculiza a los delegados franceses, y entre ellos a su futuro yerno y colaborador Paul Lafargue, que pretenden de forma general afirmar que las nacionalidades y las naciones son “prejuicios superados”. La propia fundación de la AIT fue proclamada el 28 de septiembre de 1864, con ocasión de un mitin de simpatía por Polonia en St. Martin´s Hall de Londres. De hecho, el derecho a la independencia de Polonia con respecto a Rusia fue defendido por Marx, en un congreso de la I Internacional en 1866 y posteriormente fue una posición recurrente del pensador alemán en los debates de la misma. Engels se posicionó con respecto a este tema de la misma forma en diversos escritos. La cuestión de Polonia disfrutó de grandes simpatías en el movimiento obrero durante el siglo XIX, ya que la liberación y unificación de Polonia ponía directamente en jaque a la Santa Alianza y a las tres grandes potencias militares del momento; Austria, Prusia y Rusia.

También Marx y Engels se posicionaron de forma pública a favor de la independencia de Irlanda, convencidos de que la caída del imperialismo inglés en Irlanda era el primer paso inevitable para la caída de las clases dominantes inglesas en la propia Inglaterra. A pesar de sus vacilaciones iniciales con respecto a la dominación británica en Irlanda, este problema fue introducido en su vida cotidiana a través de la participación de las hijas de Marx, Jenny y Eleanor, y de la compañera irlandesa de Engels, Lizzie Burns, en los movimientos de solidaridad con Irlanda. Incluso Engels proyectó escribir una historia de Irlanda, de la que solo escribió los primeros capítulos, ya que la guerra franco-prusiana y la Comuna de París desviaron su atención. En una carta a Kautsky relata a propósito de la emancipación de las colonias “en cuanto a las etapas sociales y políticas que deberán recorrer entonces esos países antes de llegar a su vez a la organización socialista, creo que en la actualidad solo podemos adelantar algunas hipótesis. Solo una cosa es segura: el proletariado victorioso no puede imponer la felicidad a ninguna nación extranjera sin socavar su propia victoria” Ambos patrocinaron en diversos congresos obreros internacionales la participación de una delegación independiente de los trabajadores irlandeses, aparte de la delegación inglesa. Marx calificó la pretensión de incluir a los irlandeses en la delegación inglesa como una “humillación” y mostró sus simpatías hacia los fenianos como un movimiento de “tendencia socialista” y protagonizado por “las capas inferiores” de la sociedad irlandesa. El análisis es explicado así: “en Irlanda no se trata de un simple problema económico, sino, al mismo tiempo, de un asunto nacional, desde que los terratenientes de allá no son, como los de Inglaterra, los tradicionales dignatarios y representantes de la nación, sino sus opresores mortalmente odiados”.

Pero la mayor aportación de esta problemática para Marx y Engels es la consideración de la dialéctica entre nación oprimida y nación opresora, y las potencialidades que ya entonces, de forma totalmente acertada, vislumbraba el tándem revolucionario en las luchas de las naciones oprimidas, en este caso Irlanda, como detonador de la lucha de la clase obrera. El ascenso de las luchas de liberación nacional y el desarrollo del potencial revolucionario de las mimas, que se produjo en toda su amplitud tras la II Guerra Mundial, ya lo atisbaban entonces. La cuestión nacional irlandesa fue el punto de inflexión que les hizo invertir los propios términos de sus formulaciones, que consideraban hasta entonces que la liberación social solucionaría los problemas nacionales. Ahora será la cuestión nacional la que encierre grandes potencialidades para avanzar en la cuestión social. En este sentido, escribe Marx en 1869: “He pensado, durante mucho tiempo, que era posible derribar el régimen irlandés por medio de la english working class ascendency(el ascenso revolucionario de la clase obrera inglesa). Estudios más profundizados me han convencido de lo contrario. El resorte debe estar situado en Irlanda. Por eso tiene tanta importancia el problema irlandés para el movimiento social en general”.

A este cambio de caracterización de la cuestión nacional va a ayudar sin duda el análisis que hará Marx de otras realidades coloniales durante la década de los 50 del siglo XIX. Encontramos ya entonces de forma incipiente los inicios de lo que en la segunda mitad de siglo XX se dió en llamar tercermundismo, basado en un análisis profundo de la ley del desarrollo desigual y combinado del capitalismo, formulado en acepciones como esta que realiza en 1858: “si nos atenemos a los hechos, las islas Jónicas, como la India e Irlanda sólo demuestran que para ser libre en su casa John Bull debe esclavizar a los pueblos que están fuera de las fronteras de su estado”. Marx trata en los artículos periodísticos que envía al periódico estadounidense New York Daily Tribune con absoluto desprecio el “genio colonizador” británico en el que se plasman las ansias depredadoras de la burguesía. Especial atención prestó a los desmanes de John Bull (el colonialismo británico personificado) en la India. En sus análisis se puede atisbar ya elementos para una consideración revolucionaria de las luchas de liberación nacional. En una fecha tan temprana como 1853 afirma: “los indios no podrán recoger los frutos de los nuevos elementos de la sociedad, que ha sembrado entre ellos la burguesía británica, mientras en la propia Gran Bretaña las actuales clases gobernantes no sean desalojadas por el proletariado industrial, o mientras los propios indios no sean lo bastantes fuertes para acabar de una vez y para siempre con el yugo británico”.

Más adelante en el tiempo, encontramos a Vladimir I. Lenin, el tercero de la lista de los grandes pensadores marxistas. El caso de Lenin es revelador, en cuanto que no solo tuvo una posición resuelta del derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas sino que pudo llevarlo a la práctica y confrontarlo con los planteamientos imperialistas de la izquierda rusa y europea. Es muy conocida las disputas que mantuvo con Otto Bauer y especialmente con la alemana Rosa Luxemburgo, en la que la luchadora alemana se posicionaba contra el derecho de autodeterminación. Lenin vivió plenamente en la época del imperialismo, del capitalismo monopolista, y apreció como en el momento en que el mundo comenzaba a repartirse entre un puñado de potencias, la cuestión nacional y colonial cobraría una renovada importancia.

Veámoslo en un caso concreto, de nuevo el caso de Irlanda. La mayoría de los líderes socialistas de la II Internacional que traicionaron a la clase obrera internacional rompiendo sus propios acuerdos y participando junto con sus burguesías nacionales respectivas en la I Guerra Mundial, no dudaron en condenar el alzamiento en Irlanda que el Ejército Ciudadano dirigido por el revolucionario James Conolly organizó en la Pascua de 1916 contra el régimen autonómico irlandés, un gobierno títere del Imperio Británico. El alzamiento sentaba un peligroso precedente para las potencias europeas que se encontraban en plena guerra, que mandaba a las clases populares a matarse en nombre de los intereses de sus burguesías, mostrando la maduración política del movimiento independentista irlandés abriendo un frente en la retaguardia británica. La ideología de las burguesías europeas había logrado disolver los acuerdos de la Internacional Socialista y el Alzamiento de Pascua irlandés hacía resquebrajarse esta hegemonía, sentando un peligroso precedente. Tan solo Lenin aprobó la fracasada sublevación irlandesa en la que cayó asesinado Conolly, que calificó como un movimiento popular antiimperialista en medio de una guerra imperialista. Según él: “la desdicha de los irlandeses es que se alzaron prematuramente, cuando la revolución europea del proletariado aún no había madurado”.

Lógicamente, el revolucionario ruso prestó mayores atenciones para la cuestión nacional en los territorios bajo la opresión del yugo zarista. Escribe Lenin, exponiendo su pensamiento sobre el tema con toda claridad: “Si el marxista ucraniano se deja llevar por su odio, muy legítimo y natural, a los opresores rusos, hasta el extremo de hacer extensiva aunque solo sea una partícula de ese odio, aunque solo sea cierto distanciamiento, a la cultura proletaria y a la causa proletaria de los obreros rusos, ese marxista irá a parar a la charca del nacionalismo burgués. Del mismo modo se deslizará el marxista ruso a la charca del nacionalismo no solo burgués, sino también ultrarreaccionario, si olvida, aunque sea por un instante, la reivindicación de plena igualdad de derechos para los ucranianos o el derecho de estos a constituirse en estado independiente.” Tras el triunfo de la Revolución Rusa nada cambió para Lenin en sus apreciaciones sobre el Internacionalismo, expresándose de esta forma ante los que criticaban su política: “Nos dicen que Rusia será dividida, que se deshará en repúblicas separadas, pero no hay razón para que ello nos asuste. Por muchas repúblicas independientes que haya, no nos asustaremos; lo que es importante para nosotros no es por donde pase la frontera del estado, sino que la unión de los trabajadores de todas las naciones se conserve para la lucha contra la burguesía de cualquier nación.” Lenin planteó una lucha contra el paneslavismo, el nacionalismo y el patriotismo ruso, haciendo una crítica a la herencia ideológica del imperio zarista bien presente en la Rusia posterior a 1917, tanto en su variante internacional como en su variante interior, calificando a Rusia de esta forma: “en un mismo país, es una prisión de pueblos”.

De forma que, a partir de Lenin, y en coherencia con los avances teóricos que ya habían apuntado Marx y Engels a través del estudio de la dominación de Irlanda, el derecho a la autodeterminación, a la separación política, forma parte definitivamente del programa del movimiento revolucionario internacional. Y es precisamente en esta etapa cuando aparece el término de “colonia interior”. Se produce en el Congreso de los Pueblos de Oriente celebrado en Bakú en septiembre de 1920. Allí se sostiene que “la revolución no resuelve los problemas de las relaciones entre las masas trabajadoras de las sociedades industriales dominantes y las sociedades dominadas”.

Podríamos hablar de otros pensadores marxistas clásicos que se han posicionado a favor del derecho de separación, esto es, de ejercer la autodeterminación convirtiéndose en estado independiente, en distintas épocas y lugares, y de distintas tendencias. Siguiendo la línea política trazada por Marx, Engels y Lenin sobre el problema del imperialismo, los procesos de descolonización ya en la segunda mitad del siglo XX generarán toda una serie de autores y corrientes políticas donde emancipación social y nacional son las dos caras de una misma moneda, como el caso del brillante martiniqués Frantz Fanon.

Podemos decir entonces que, más allá de los lugares comunes, en el pensamiento marxista no hay ningún indicio que nos lleve a afirmar que este es específicamente contrario al derecho de autodeterminación. Mas bien ha sido considerado históricamente como un derecho democrático que los revolucionarios han avalado en numerosas ocasiones. Un derecho democrático de las naciones oprimidas, que se ha contemplado como primer y fundamental paso para generar la confianza imprescindible entre las clases trabajadoras y populares de las diferentes naciones (dominante y dominadas), confianza sin la cual no se podrá forjar la unidad de clase. Y sin unidad de clase internacional, no puede haber Internacionalismo.

LA EXPRESIÓN GEOGRÁFICA DE LA LUCHA DE CLASES

"La Sudáfrica de la población que no es blanca es la colonia de la población blanca de Sudáfrica" (SACP, Partido Comunista Sudafricano).

Si ahondamos en los prejuicios acerca de los movimientos revolucionarios de liberación de las naciones oprimidas, creemos que es fruto de un reduccionismo considerar a los oprimidos como la clase obrera en abstracto. Las contradicciones en el capitalismo no solo se dan en la forma trabajo asalariado-capital, sino que también se producen, fruto del imperialismo como forma actual del sistema capitalista, entre naciones opresoras y pueblos oprimidos. De hecho esta contradicción a marcado buena parte de los progresos revolucionarios del siglo XX, desde la Rusia de principios del siglo XX al Vietnam de Ho Chi Minh, pasando por la guerra en China contra el imperialismo japonés o la Cuba en la que desembarca el yate Granma.

La perspectiva espacial del capitalismo y sus desigualdades ha sido olvidada de forma usual por buena parte de la izquierda. Quizás para algunos era incómoda la visión de una Unión Soviética que en los años 60 y 70 ejercía de potencia con respecto al tercer mundo, siendo calificada de “socialimperialista”, y siguen arrastrando esa venda en los ojos. Como recientemente el estudioso egipcio Samir Amín señalaba: “...Al observar al capitalismo como sistema mundial constataremos que es un sistema mundial polarizado, en el sentido que ha generado una desigualdad sin precedentes en la historia de la humanidad. En tiempos de la revolución industrial la relación de productividad media anual por familias mostraba una diferencia muy reducida, según varias estadísticas era una relación de 1 a 1,3, con un 30% de diferencia máxima. Esta distancia creció con el transcurrir de los siglos hasta llegar actualmente a una relación de 1 a 60...

...Un fenómeno gigantesco, probablemente el hecho social e histórico más impresionante de la historia de la humanidad. A pesar de este hecho, la economía dominante no se interesa por este hecho y desgraciadamente la economía marxista no le ha reconocido la centralidad que merece...”

Aquellos que, como hacen nuestros camaradas de la izquierda españolista, menosprecian la cuestión nacional en estados imperialistas como el español, o la consideran una cuestión menor ("contradicción secundaria" dirán ellos), obvian en buena medida las enseñanzas de la historia de los siglos XIX y XX.

Ya desde sus inicios el capitalismo para poder desarrollarse como lo hizo necesitó de una gran concentración de capitales que solo pudo obtener a través del sistema colonial que se constituyó en otra forma de explotación, en una contradicción más que atraviesa la forma de producción capitalista. De hecho, la explotación colonial históricamente precedió a la expropiación de los campesinos para la formación de un proletariado urbano que vendiera su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Es una simplificación del pensamiento revolucionario analizar la sociedad únicamente en función de la contradicción entre proletariado y burguesía. En muchos países que realizaron con éxito un proceso revolucionario hacia el socialismo, su proletariado, su clase obrera industrial, era extremadamente minoritaria. La primera revolución proletaria triunfante fue precisamente en un país como Rusia, con un gran porcentaje de población campesina y que el mismo Lenin califico como "país semicolonial". Y el segundo país del mundo en el que se instauró un régimen socialista fue Mongolia, a pesar de la inexistencia en este país de un tejido industrial merecedor de tal nombre.

De ahí el error de la izquierda españolista que pretende hacer de las posiciones de los diferentes movimientos de liberación nacional existentes en el estado español posiciones pequeño-burguesas mientras avala con sus prácticas, sus análisis y su discurso, al estado español como marco de actuación política. Negando así no solo el derecho de las naciones oprimidas por el imperialismo español a la autodeterminación, sino el carácter de cárcel de pueblos de este estado. Aunque se utilice retóricamente la invocación al derecho de autodeterminación u otras fórmulas como "soberanía" o "(re)construcción nacional" como forma de conjurar las sospechas de colaboracionismo españolista, lógicamente estas declaraciones han de ir acompañadas de hechos y acciones que las sostengan y que nunca se producen de forma definitiva. Esto es así entre otras razones por el simple hecho que el discurso de la soberanía nacional entra en contradicción frontal con el marco organizativo de la mayoría de las organizaciones de la izquierda españolista. No se puede apostar por la ruptura cuando el marco organizativo, de reflexión teórica y de acción política es aquel que se pretende quebrar. Así valida la izquierda españolista el marco geográfico estatal que las clases dominantes nos imponen como único marco posible de relaciones internacionalistas entre Pueblos Trabajadores.

Pero detrás del supuesto cientificismo bajo el que la izquierda españolista adopta el marco español como “marco de acumulación de fuerzas”, se encuentra todo un conjunto de inercias históricas, fuertes clichés subterráneos españolistas y lazos de dependencia personales, orgánicos y psicológicos hacia el Comité Central de turno en Madrid, que impide cualquier análisis que supere este marco. Utilizar subterfugios barnizados de cientificidad marxista para justificar (y justificarse) las dependencias de todo tipo y los miedos a cortar el cordón umbilical con el Comité Central no es algo nuevo. Ya en 1931 la Federación Comunista Catalano-Balear se dirigía al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista denunciando el españolismo del PCE de entonces: “La dirección del Partido oficial (el PCE) no ha hecho nada absolutamente por crear en Vasconia, en Galicia y en Andalucía un movimiento de independencia nacional íntimamente ligado a la clase obrera revolucionaria (...) Nosotros somos partidarios ardientes de la independencia de Cataluña, de Euskadi, de Galicia, de Andalucía, etc. La burguesía no ha podido hacer la unidad ibérica. Ha mantenido la cohesión mediante un régimen de opresión constante. España, que no es una nación sino un Estado opresor, debe ser disgregada". Con fechas mucho más recientes Kemal, un antiguo militante de la Liga Comunista Revolucionaria realiza una interesante reflexión sobre estos aspectos en la LCR describiendo los documentos aprobados sobre la Cuestión Nacional en el VIII Congreso estatal de esta organización señalando: “Se asumía aparentemente la necesidad de una estrategia nacional, pero sin extraer de ahí que esto implicaba potenciar ritmos, procesos, discursos, identidades y alianzas propias que de ser consecuentemente desarrolladas entrarían muy posiblemente en colisión con los intereses estatales... ...Sin tomar conciencia de todas las consecuencias de la necesidad ya asumida de generar una lucha socialista contra España y el Estado español desde y por Andalucía, no se aquilataban todas las diferencias existentes entre, por ejemplo, formar parte de una Internacional y ser parte de una organización cuyo ámbito es justo el del Estado opresor con el que se quiere romper. Se eludía la incomoda constatación de que no es materialmente posible luchar por la soberanía e independencia nacional en y desde una fuerza dependiente ni construir una organización nacional como sección de una estatal.*h

Las contradicciones del capitalismo español se plasman no solo en la contradicción capital-trabajo, entre el proletariado que trabaja en la planta de montaje y el patrón que mira desde la oficina más alta. Esta imagen ramplona es muy del gusto de ciertos comunistas situados más cerca del folklorismo que de un proyecto verdaderamente revolucionario. Las contradicciones se plasman también en el espacio y en una división territorial del trabajo en la que Andalucía tiene determinados papeles asignados desde su introducción, verbigracia del estado español, en los circuitos capitalistas internacionales (mano de obra, cantera de las fuerzas de seguridad del estado, agricultura bajo plástico, residencia turística de segunda categoría...). Se trata de lo que algunos han llamado “la expresión geográfica de la lucha de clases”, fruto del desarrollo desigual y combinado propio del sistema capitalista y de la consecuente división del trabajo que este genera.

La burguesía y la aristocracia andaluzas han aumentado sus ganancias en este marco de sometimiento y es por ello que han mantenido su alianza histórica con las clases dominantes del estado (con excepciones como la intentona independentista colegiada del Duque de Medina Sidonia, el Marqués de Ayamonte y el morisco Tahir al Hor tras la emancipación de Portugal en el 1641), asumiendo el españolismo como ideología apropiada a sus intereses. Esta alianza se va a soldar de una forma definitiva durante el siglo XIX, tras los sucesos de 1868 y los alzamientos populares andaluces que inauguró en Cádiz Fermín Salvochea, en diciembre del mismo año. Así aseguraban los terratenientes andaluces su carácter de fracción de clase en la burguesía dominante en el estado español, de la que ha formado parte desde su génesis en la Edad Media como hija de la aristocracia conquistadora castellano-aragonesa.

De esta manera, la separación imaginaria entre la contradicción capital-trabajo y la contradicción nación oprimida-nación opresora pierde sentido en cuanto que ambas se solapan en Andalucía, como pueblo sometido a una dominación colonial. Los actores en ambas dialécticas son los mismos, Pueblo Trabajador Andaluz contra burguesía imperialista. El único escenario posible es el de un enfrentamiento político de masas con el estado imperialista español.

¿NACIONALISMO O NACIONALISMOS?

"Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo...” (Ernesto “Che” Guevara).

Incluso a veces el proceso ha sido a la inversa de cómo hemos visto hasta aquí. Tal y como lo intuyeron Marx y Engels en la segunda mitad del siglo XIX, hay casos en los que no han sido las organizaciones revolucionarias las que han asumido el derecho a la autodeterminación, sino que ha sido en el desarrollo dialéctico de los procesos de liberación nacional (pilotados de forma inicial por organizaciones interclasistas con un componente mayoritariamente popular) los que han hecho madurar políticamente las posiciones y poner a la cabeza del movimiento nacional a organizaciones obreras que han orientado la lucha nacional hacia el socialismo. Nada extraño si tenemos en cuenta los casos de los afroamericanos en Estados Unidos, Vietnam, China o de numerosos países en África durante la segunda mitad del siglo XX, en ese proceso (lleno de contradicciones) llamado descolonización que vio el despertar de los pueblos africanos.

Si echamos la vista atrás nos encontramos por ejemplo con el nacionalismo negro de los afroamericanos en los EE.UU. En él encontramos corrientes sumamente reaccionarias, como la Nación del Islam y a su vez otras organizaciones con un perfil evidentemente revolucionario, como los Panteras Negras. En este abanico de posibilidades que se da en el nacionalismo negro encontramos a un personaje como Malcolm X, que encarna esa evolución política desde el nacionalismo de la Nación del Islam hasta el nacionalismo revolucionario en los últimos años de su vida, cuando comprendió que el racismo y la opresión del afroamericano en la sociedad blanca estadounidense era fruto del sistema capitalista, y que no habría emancipación de los afroamericanos sin acabar con él. No por casualidad fue entonces cuando lo asesinan, el 21 de febrero de 1965, mientras participaba en un acto político el Audubon Ballroom de Manhattan. Unos meses después nacería en los suburbios norteamericanos el Partido de los Panteras Negras para la Autodefensa que poseyó un fuerte carácter socialista e internacionalista. Uno de sus principales lideres, Huey P. Newton, visitó lugares como Cuba o la China de la Revolución Cultural, invitado por Mao Tse Tung. Y otras figuras relevantes de la organización fueron acogidas temporalmente por gobiernos revolucionarios, como Ángela Davis en Cuba. Si hablamos de internacionalismo, hemos de hablar en este caso del ofrecimiento de los Panteras Negras de enviar varios centenares de militantes de su organización a luchar a Vietnam contra el ejército estadounidense.

Tampoco era similar el nacionalismo reaccionario de las clases dominante chinas del Kuomitang, en la guerra contra el imperialismo japonés, que el del Partido Comunista Chino. Sin embargo ambos se insertaron de una forma dialéctica en la guerra antijaponesa.

Ni era igual el folklorismo del indigenismo colaboracionista con la política de “reservas” del gobierno yanqui, con el indigenismo revolucionario del Movimiento Indígena Americano que planteaba desde el interior de la mayor potencia mundial el cuestionamiento del colonialismo interior al que durante siglos había sometido el hombre blanco a los indígenas de Norteamérica.

No pretendemos entonces darle a todos los procesos de emancipación nacional un carácter revolucionario en sí mismos. Este tipo de conceptos es necesario verlos de una forma dialéctica, hemos de contemplarlos en la sociedad en la que se enmarcan para entender su significado. Es un error hablar de *gnacionalismo*h a secas. De esta manera el nacionalismo no existe. No se puede teorizar sobre un concepto como el nacionalismo sin situarlo en un marco geohistórico determinado, en el que adquiere su forma y sus características en función del proyecto nacional que se persigue y la clase social que lo abandera. Pensamos que es más adecuado hablar de “nacionalismos” para abarcar esa pluralidad.

En palabras del historiador Pierre Vilar, refiriéndose precisamente a la conceptualización de la cuestión nacional en el marxismo, “nación” es un concepto en el que se combinan hechos de larga duración (lingüísticos, culturales, territoriales...) con hechos de duración media, como un fenómeno histórico, directamente relacionado con una coyuntura histórica concreta y con movimientos o acontecimientos, es decir, con hechos de corta duración, que son los que vinculan la reivindicación nacional a un determinado grupo o clase social. Pero las identidades nacionales se fracturan en las sociedades capitalistas como ya anunciaba la cita del Manifiesto Comunista, señalada al inicio, de la misma forma que el capitalismo impone una fractura social creciente en el seno de cada sociedad en dos grandes grupos: explotadores y explotados. De esta forma los dos conceptos de nación se desarrollan de forma independiente. Para la burguesía la nación constituye el trozo de pastel que le ha tocado gobernar y explotar, población incluida, para su propósito: acumular capital. Su “campo de concentración” particular e inviolable. Desde una perspectiva revolucionaria la nación y sus frutos han de ser propiedad colectiva, la nación ha de dejar de ser valor de cambio, mercancía, para convertirse en un valor de uso administrado por la comunidad. Tod@s somos nación, y por lo tanto los beneficios y riquezas de la misma deben ser repartidos de forma equitativa entre tod@s.

No es similar el nacionalismo imperialista francés, que estableció como lengua única del estado el francés a finales del siglo XVIII, avocando a la desaparición al bretón, alsaciano, occitano, vasco, catalán o corso, que el nacionalismo de los “oprimidos” de cualquiera de estos pueblos. Por supuesto, dentro de estos pueblos podemos encontrar corrientes nacionalistas reaccionarias, pero eso no es menoscabo de su situación de pueblo oprimido. Nadie podría decirse revolucionario, ni siquiera demócrata, sin apoyar de forma inequívoca los derechos democráticos de estos pueblos en lo lingüístico, político o económico, usurpados por el imperialismo francés.

Tampoco podemos comparar el nacionalismo español, gestado bajo influencia directa del ideario burgués de la revolución francesa, que arranca del real decreto de diciembre de 1833 anulando los antiguos reinos y asentando un único estado dividido en provincias (con sus antecedentes más cercanos en la Constitución de Cádiz de 1812 y los Decretos de Nueva Planta de Felipe V en los inicios del siglo XVIII) con los nacionalismos populares andaluz, vasco o gallego. Sin duda, en el nacionalismo andaluz o en el vasco, hay gentes cuyo proyecto social y político es eminentemente reaccionario. Coinciden a su vez con la versiones nacionalistas más contemporizadoras y pactistas, siendo verdaderamente expresiones de un regionalismo político, más que de una formulación nacionalista propiamente dicha. A su vez, también existen y se desarrollan corrientes verdaderamente socialistas dentro de estos, que vienen a coincidir en la necesidad de la separación política, de la indepedencia, como requisito imprescindible para el progreso social de sus respectivas naciones. En cambio el nacionalismo español no puede ser mas que reaccionario por definición, puesto que no es más que una forma de imperialismo que mantiene su integridad en base a la violencia y como ideología esta creada precisamente para justificar esta violencia en la que se fundamenta el expolio económico. La unidad estatal españolista no se basa en la libre voluntad de los sujetos colectivos que la conforman sino, en última instancia, en toda la superestructura ejecutiva, jurídica y legislativa, y en los cuerpos represivos que la salvaguardan. El articulo VIII de la Constitución de 1978 que define como función del ejército la integridad territorial no es una casualidad. Los hechos ocurridos en el siglo XX y lo que va de siglo XXI son buena prueba de ello. Lo que hoy configura la “sagrada unidad de la patria” no son más que los últimos jirones del imperio que impulsaron en alianza las coronas de Castilla y Aragón en los albores de la Edad Moderna, y su pérdida más reciente de la larga lista fue el Sahara Occidental. Estamos seguros que no será la última.

Pero también hemos de tener en cuenta que no solo se dan formulaciones nacionalistas revolucionarias en naciones sin estado. En los recientes acontecimientos en América Latina tenemos numerosos ejemplos de corrientes antiimperialistas en estados conformados de muy diverso signo. Desde los tiempos de Ernesto Guevara de la Serna en Cuba se repite la consigna de “¡Patria o muerte!” frente a la constante amenaza del imperialismo estadounidense. No es casualidad que Cuba sea uno de esos casos que se les atraganta a la izquierda españolista, ya que fue precisamente una nación oprimida por el imperialismo español la que hoy representa un digno ejemplo de país independiente y socialista, a pesar de sus posibles errores y debilidades. ¿Quizá José Martí debería haber esperado una revolución en la metrópoli para no romper así la unidad de clase españolista?

Ese es uno de los argumentos que utiliza la izquierda españolista contra los movimientos de liberación nacional. Agitan como un espantajo que: sería muy negativo romper la unidad de clase”. Como si esa unidad de clase pudiera construirse alguna vez bajo el marco imperialista, las restricciones legales, la violencia policial, la subordinación económica y las fronteras estatales dadas por el españolismo.

En definitiva, asociar nacionalismo y reacción es completamente injustificado. En el caso de una nación bajo un régimen colonial, como es el caso de Andalucía, nacionalismo y socialismo han de verse unidos en una misma doctrina si aspiramos a erradicar la explotación del hombre por el hombre en este trozo de tierra entre Despeñaperros y el Mediterráneo. Tan solo los que tienen garantizado el plato de lentejas en el pesebre imperialista, o aquellos que estén ciegos, podrían mirar para otro lado ante las condiciones de explotación a las que se ve sometidas el Pueblo Trabajador Andaluz.

Carlos Ríos

"Publicado en la revista Independencia, nº 52, mayo 2010"

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Extraído de: http://www.kaosenlared.net/noticia/contra-topico-liberacion-nacional-desde-perpesctiva-socialista

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